martes, 24 de marzo de 2009

Guerreros anónimos

Darío guerrero de las rotondas de una ciudad llamada Santa Cruz


Darío era un muchacho de unos 12 años, a su edad era el mas pequeño de su curso, todos tenían mas de 15 años y estudiaban el colegio nocturno en un barrio del Mercado Los Pozos. Todas las noches concurría al establecimiento, acompañado de un lorito, con el nombre de Salomón, nombre de su padrino, quien le había regalado el lorito antes de morir.

Darío era estudioso, no solo hacía las tareas de clases sino que además le gustaba leer y dibujar, dibujaba donde podía, en las paredes, en el piso en la arena del río Piraí, en fin donde se le ocurría. Le encantaba conversar con todos, y hasta a Salomón, su inseparable compañero, pero que no era el único, pues tenía amigos llamados los pelaos de la rotonda, todos fluctuaban entre los diez y trece años, muchachos, todos ellos con ilusiones de cambiar su vida y así lo hacían conocer en cada reunión de grupo, cuando iban al río en las primeras horas de la tarde y en medio de la algarabía propia de la edad daban rienda suelta a sus sueños.

Johnny, soñaba tener un auto y trabajar de taxista, mientras que Gilberto, decía que sería médico y siempre estaba curando a los perros que eran atropellados, y Benjamín, quería ser cirquero, y viajar por todo el mundo y por ultimo estaba Ernesto con 6 años un niño que había perdido a sus padres y vivía con Darío hasta que su abuela salga del hospital. Los tres y otros mas permanecían largas horas en la mañana y en la tarde, cuidando autos, los fines de semana en el estadio o en los Karaokes, el resto limpiaban parabrisas, hacían de saltibanquis, malabaristas ingeniosos, eran de todo con tal de ganar unos pesos.

La tragedia.-

Era una tarde como otra cualquiera, sin embargo esa tarde el destino les deparaba algo insospechable, pues mientras Darío limpiaba los parabrisas, y los demás hacían los malabarismos, Ernesto era el que recogía el dinero de los que en forma solidaria alcanzaban a las pequeñas manos de los niños. Pero en un momento de esos, el semáforo cambió repentinamente y todos los vehículos arrancaron y casi atropellan a los malabaristas, era como una estampida de toros de hierro, nadie se fijaba quien iba al lado y en medio de la sorpresa de Darío y los demás, vieron a Ernesto volar por encima de un capó, y luego caer al suelo, con su frágil cuerpecito. Todos gritaron, y corrieron a ayudar a Ernesto, pero el niño no respondía nada estaba malherido, entonces Gilberto, como había visto en la Tv. Y en el cine, dijo que no lo muevan por que se dañaría más la espalda y que más bien busquen ayuda.

Ningún vehículo se detuvo, no les importaba la tragedia, no les importaba Ernestito, solo era un niño mas de la calle, uno de los que solo le dicen el apodo Nechito, total, era uno menos de los que asaltan, como decía un analista de noticias que se dedicó a ese trabajo, porque en los demás le había ido mal. Necho!!!Necho! eran los gritos de todos, y el niño no despertaría mas. Por fin se detuvo una camioneta y rápidamente llevaron a Ernestito a un Hospital, y en el lugar nadie quería atenderlo, porque no había los padres para dar el permiso en caso de una intervención quirúrgica. Los niños reclamaron y rogaron para que se atienda a Ernestito y con la ayuda de un médico, lo internaron.
Las horas eran interminables, y Ernesto no volvía en sí, entonces, el médico les dijo a los muchachos, que se fueran a dormir que el niño se quedará muchos días, pues tenía todo el cuerpo fracturado. Darío y los demás durmieron en la banca del hospital, después hablaron la forma de ayudar al niño, entonces todos se pusieron en campaña para recaudar fondos. Los tres recorrieron todos los lugares donde había niños de la calle, malabaristas, limpiaparabrisas, vendedores de los micros, lustrabotas, y por si fuera poco, recogían botellas de plástico, de vidrio, latas de cerveza, todo con la ilusión de ver nuevamente a Ernesto sano y salvo.

Ernesto, salió del hospital con unas muletas, tenía las piernas todavía malogradas, sin embargo lo que más importaba, era la felicidad de todos, sus amigos, su familia, sin apellido, solo con un nombre solidaridad. Solidaridad, eso lo que piden los niños de la calle, no piden otra cosa, no piden limosna, hacen algo para ganarse unos pesos, aun arriesgando su propia vida, una vida que cambia constantemente igual que el semáforo, pero los que no podemos cambiar somos nosotros, nos resistimos a cambiar a ser mas solidarios, a ser mas humanos, los niños necesitan como todos tener un hogar, tener una familia, tener conocimiento, y sobre todo derecho a existir, el derecho a la vida y aun futuro mejor.

Todos estamos con ese deber de la conciencia de salvar una generación para no lamentarnos de lo que viene en el porvenir.

17 de abril de 2007.